Heterofobia Homocrática

Caminando por el centro, me cruzo con un esténcil del cual se desprende la siguiente leyenda: ¿Cuándo te diste cuenta que eras heterosexual?, sinceramente la primera reacción fue la risa y casi al instante sentí que estaba ante la mejor de las inteligencias, la que de forma sencilla nos hace replantear el mundo que, cotidianamente, acostumbramos leer, comentar y escribir.

Podríamos desparramar una serie de consignas, ligadas a las fases de un planeta social que se supone en el tope de sus avances racionales. Y en tal caso, preguntarnos: ¿Por qué algo tan puro y tan natural como la sexualidad termina batiéndonos a duelo entre dialécticas polemizantes?, ¿Quién es quién en este juego?, ¿Cuánto de lo que decimos podría estar mediado por aquello que no nos animamos a decir?, ¿Por qué será que todo lo que nos indigna muy probablemente provenga desde lugares previamente designados como indignantes?, ¿Quién decide las rutas de este martirio al que permanentemente nos auto-sometemos, procurando no ser víctimas del fusilamiento señalador?. Somatizamos nuestros dilemas, siempre ajustados en modo normalizador, naturalizando conductas sociales al tiempo que sociabilizamos el castigo contra conductas naturales, aparentemente desviadas. Los trazos insanos especulares de nuestros comportamientos terminan por encerrarnos ante las puertas de nuestros más oscuros pensamientos, ¿serán entonces verdaderamente oscuros?

Saliéndonos de la sexualidad, pero en analogía a la obscuridad, podemos jugar con los colores y ahí qué pasa con los derivados del parafraseo conceptual para “el negro de mierda”. Epa, ¿se puede hablar de eso?, ¿qué significa acaso?, ¿por qué este color entre tantos otros?, ¿cuándo fue que se definió que las cárceles y los ámbitos esclavizantes sean el lugar de los de un color por encima del resto de los otros, de otros colores? Las víctimas de la Historia suelen concebirse entre los perdedores de tal o cual guerra, sin embargo, entre procesos y periodos, que no suelen durar más que 10 años, han existido y existen grupos postergados que los libros del caos casi ni tocan, antes y después de las guerras, es decir la mayoría del tiempo, los sometidos han intentado, infinidad de veces, levantarse contra las imposiciones que del afuera y por la fuerza se les ha obligado a cumplir. Increíblemente, a estos rebeldes les cabe hoy el término, por ejemplo, de terroristas y no a quienes sistemáticamente los han llevado a la perdición, el encierro y por encima de todo al cargo de culpables vaya a saber uno de qué historia…

Increíblemente, en este mundo tan obstinadamente meritocrático, las minorías terminan pagando las vergüenzas ocultas de quienes, cobardemente, eligen culpar a todo aquel  que haga expresas sus diferencias. Al parecer, la mejor alternativa sería mantenernos callados, dejando que todo pase y, de esta forma, seguir padeciendo la “valiente normalidad” a partir de la cual 20 personas, defenestrando a una sola, pueden incluso hasta tildarla de maléfica por el solo hecho de elegir salirse de lo correctamente esperable.

 

 

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