LOS NIVELES DE LA HIPOCRESÍA

En tiempos de cambio, el miedo a ciertas pérdidas ataca directo en el corazón de nuestras voluntades y nuestras almas. En formas inimaginables, las decepciones (a fin de cuenta) pasan de lo inminente a su materialización, disfrazadas en un benevolente manto, para un raro mercado de la amistad y la enemistad.

De aquí a la hipocresía y su posterior desglose en capas jerárquicas, que no son otra cosa que la fundamentación momentánea del lugar en el que nuestros miedos se encuentran. Y es por eso qué, en este juego, los hay ganadores, especuladores (siempre al filo del intransigente empate) y perdedores. Cada uno, más bien, sabrá. Obviamente, nadie se reconoce ni en la amargura, ni en desamor. La foto sale siempre llena de sonrisas. Pero desdibujando las mentiras acarreadas de una vida en desvalor, se puede asimilar un sinfín de sueños postergados por un frío sol. Y así, sin más preludio, traigo ante el soberano las facetas del obscurecedor:

El hipócrita ganador, deletreador infinito de personajes del estilo: Menotti, Bielsa, Eduardo Galeano… supuesto poeta, filósofo de la vida, pero que como buen fenómeno de la causa, dispuesto nunca estará a saberse privilegiado de situación alguna, en el peor de los casos se comparará con otra ventajera adquisición a manos de alguien más, como para rápidamente inmiscuirse del desaireado paso. Es ese que en la mesa, ante todos, comenta por quién a la guerra irá, cómo vociferando ante el resto de la muchachada, cuales allí son verdaderos y afortunados merecedores de su noble amistad, algo así como el sabio dueño de su mediocre verdad.

El especulador de los hipócritas, tibio, quizás el de todas las inteligencias incorporar, nunca discutidor, siempre asintiendo con la cabeza. Está un poco acá, un poco allá, cuidadosamente abarcativo, escabulléndose entre los huecos de una mísera y altanera sociedad.

Y finalmente el perdedor, persona que detrás de la zanahoria corriendo siempre va y va, defensor fiel de un horizonte de futuro al que nunca lo invitarán. El freno humano a todas nuestras aceleraciones, el más grande de todos los idiotas. Se pone en un lugar de importancia que no tiene, ni tendrá, sacando siquiera beneficio de su improductivo inaccionar. Una especie de payaso, quien en situación de atender un reclamo ajeno la parada va a copar, sin dudarlo, pero, haciendo sentir que de su persona la concreción de un trámite dependa. Sentando el culo entre síntomas de negación, transfiriendo sus dilemas al resto de la población, maltratando en su inconsciencia los desvelos sufridos por un encriptado porvenir.

He aquí la suma de todos los miedos. Y vos, ¿con cuál de los hipócrita te identificás?…

 

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