Conclusiones iniciales de ruta

Se iban las olas de ese cálido y transparente mar. Conforme ellas se alejaban, era inevitable advertir la sensación de un final de recorrido avecinándose. Venezuela quedaba atrás por vez segunda en mi vida y en la vuelta a la multi-climática Buenos Aires, millones de recuerdos se convertían en tesoro a guardar para la posteridad.

Por suerte, la ocasión supo darnos un respiro en medio de este melancólico “bajar”.  Tras Machu Picchu, llegaba la hora de Copacabana y nos recibía allí una infinita postal,  que poco tímida, se dejaba ver, posando sobre las orillas del Titicaca: el lago navegable más alto del mundo y, al mismo tiempo, el más extenso del mundo en altura. Recorrido que asombró, cuenta la leyenda, al mismísimo Jacques Cousteau. La Isla del Sol, a pocos kilómetros, implicando un recorrido de casi 2 horas en lancha, sirvió de excusa para mentirnos en una parábola psicológica de playa que parecía caribeña. Caminar por las laderas solitarias nos ponía al pie de las que suponíamos serían las últimas ruinas incas a pisar por nosotros, Potosí y los baños de aguas termales resultarían, a posteriori, parte de este itinerario Imperial. Volviendo sobre la pequeña Ciudadela Incaica, de cara a una porción del lago, se destacaba un espejo de agua cual enorme piscina, solo cortada en su incalculable tamaño por la Cordillera de los Andes, al horizonte.

Para la sorpresa y manteniendo siempre los imprevistos propios de toda mochileada, al cabo de 5 días sin señal satelital, volvíamos a Copacabana y al prender los celulares nos encontrábamos con una desesperada familia (nuestra) a la que habíamos olvidado avisar nuestra inminente incomunicación. No era para menos el susto, sucede que en el camino que va de Cuzco a Copacabana, una mini-van había colisionado, cayendo por el precipicio, provocando el fallecimiento de 4 personas, entre ellos dos extranjeros. La angustia y bronca, de los nuestros a la distancia, no dio tregua en medio del respiro apaciguador, por saber que estábamos bien, a la hora de cagarnos bien a pedos por no avisar.

Ya instalados, una temeraria tormenta de nieve azotó a los lugareños, entre ellos la Seño Nelly, chola sabionda que nos había dado hospedaje. Ella nos hablaba de un mal augurio, al tiempo que nosotros le decíamos que la nieve representaba, en tal caso, un buen síntoma. Así fue que pudimos tranquilizarla, a pesar de permanecer clara en que la nieve iba a llegar algún día, según recita la tradición, para arruinar los alimentos por ellos producidos a merced de la Pachamama. Duendes y sueños con serpientes provenían del delicioso relato de esta bruja amiga, que no dudo ni un instante a la hora de leernos el futuro mezclando las hojas de coca.

Noches interminables, con música de rock and roll, supieron encontrarme tocando la armónica. Personajes de novela, hippies que parecen no haber encontrado la salida y eternamente se han quedado allí a vivir, tras conseguir de las aguas del lago el elíxir de la vida. Todo lo cual, enseñaba a situarnos en esta rola de la que no existe final, mas sí nuevos comienzos conforme la ola siga girando.

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