Nuestro pequeño circo

Tras una larga aventura seismesina, recorriendo los pagos venezolanos, luego de cruzar el Río Amazonas en catamarán y caminar las ruinas de Machu Picchu, era hora de pisar el freno en tierras bolivianas. Copacabana sería el destino, una nueva familia empezaba a gestarse…

A las corridas, dejando a nuestras espaldas la frontera con Perú, aprovechamos para subir a una lancha-colectivo, con el fin de pasar directo a La Isla del Sol. Llegando al mediodía, almorzamos un sándwich y de ahí a las aguas de la playa isleña, esas que dícese representan al lago de deshielo más grande del mundo, a miles de metros del nivel del mar. Sol hirviendo, laguna helada. Cuatro días fueron suficientes como para volver a la civilización cibernáutica, esa que nos permitió, casi al cabo de una semana, comunicarnos nuevamente con nuestras alejadas familias. Contra la frescura viajera se nos caía encima una réplica paranoica que exigía saber el porqué de la incomunicación.

Buscando hospedaje ya en la ciudad, un extraño argentino ser, luego de descifrarnos nómades, nos invita a conocer la morada en la cual él se encontraba: es sencilla, es familiera, estoy seguro que les va a encantar, nos dice este generoso compatriota mio. Llegando a las puertas del Hostel Khota Kawaña, una chola de unos cuarenta y tanto, lo mira a nuestro nuevo amigo, Diego, y con una gran sonrisa le pregunta: ¿Me trajiste gente nueva Duende?Sí, mamita, ellos son Fede y Paula, son mis amigos, hágale buen precio, respondía quién, a  partir de ahora, pasaría a ser El Duende para nosotros. La mamita, también conocida como “la seño Nelly”, con el pasar de los días iba a ir convirtiéndose, un poco, en la madre de todos.

Manu, un pequeño gran sabio de 19 años, malabarista y músico, parecía mutar en mono cada vez que tocaba su cajón-batería. Pali, el romántico del saxo, buscaba siempre ponerle un toque dulce a todo, incluso a sus palabras. El Duende, incansable guitarrista, podía llegar a tocar y cantar más de tres horas sin nunca parar. Ellos me invitaron a tocar la armónica en su pequeña banda y así transitamos aquellas noches de infinitas rumbas. Sin olvidar el espacio para el stand-up: el Ángel chileno , imitador serial, dueño de un increíble talk-show que nunca pudo ser público, más allá de los espectáculos brindados puertas adentro, solo separado de su gran amigo costarricense Rolando por las garras de una brasilera pasajera a quien nadie le entendía una sola palabra. La política dejaría también su impronta, de la mano de Nancy y sus debates cristinistas-antimacristas, siempre ante las atentas miradas (de reojo) de su novio colombiano, Carlos, ajeno, por no decir lejano a toda discusión. Mi compañera de rutas, Paula, quien supo hacer las veces de cantante y diseñadora de imagen del Hostel, también se traería de allí sus estragosas amistades. Mara, sensata y de pocas palabras, fotógrafa y camarógrafa de todas las jornadas rocanroleras. Dani, la flaca, con un embarazo a cuestas, era nuestra Bella Durmiente, y Marine, una loca bohemia, oriunda de París, con una energía que hacía de cada situación un momento único. Como en toda vecindad, no podía faltar el dealer y en los pagos de Nelly se trataba de un uruguayo de rastas, siempre de actitud persecuta, no soltando jamás el tinto que cargaba bajo el hombro. Me encargué de contagiar a todos con mi enfermedad racinguista, cuando por la Copa Libertadores  hubo que mirar la partida contra el Bolívar, encuentro que significó el pasaje a los octavos de final para la academia. No escatimé tampoco a la hora de transmitir cierta dosis de argentinidad culinaria traducida en populares guisos de lenteja y voluptuosas parrilladas.

La joven Chechu quién, a pesar de caer de Nelly unos días más tarde, ya era conocida por todos nosotros, supo traer aires renovados al aparecerse con sus amigos veinteañeros, como refrescando las mentes de todos los viejos (a excepción de Manu) que, con anterioridad, allí permanecíamos. Entre malabares, guitarras y vientos, el circo comenzaba a tomar su color definitivo. El sentimiento de pertenencia era tal qué, al caer un gentío de muchachos norteamericanos, osando pasear por el frío patio en slip, el Duende quiso juntar a la banda y en una especie de asamblea propuso echar a los nuevos, por comportarse obscenamente ante los ojos de nuestras chicas, entre ellas su mujer, la flaca Dani, embarazada.

Los motores de este colectivo quedaban así encendidos para siempre. Las noches instrumentales, de bares y borracheras, las mañanas con Nelly contándonos esas profundas historias de duendes, leyéndonos el futuro a través de las hojas de coca, advirtiendo acerca del respeto que a la Pachamama debemos. La Cordillera de Los Andes, saludando a lo lejos de la Isla del Sol, como escondiéndose, de cara al horizonte. La sorpresa de ver nieve por primera vez para muchos de nosotros, incluidos Nelly y sus paisanos quienes algo asustados advertían malos presagios para las cosechas futuras. Teniendo en las tardes al cercano sol, único testigo de los incontables abrazos exprés con las congeladas aguas del Titicaca. En definitiva, fueron no más de 45 días, pero intensos al fin. De esos que han sabido hacer, de un grupo de desconocidos, parte de un todo y más allá del tiempo.

 

 

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