MADRE REVOLUCIÓN

Producto de décadas de lucha organizada, el movimiento feminista encuentra finalmente el justo eco a sus demandas, bajo la consigna: “Ni una menos, basta de machismo”. Sin embargo, no significa esto una conquista definitiva contra uno de los grandes vicios que aqueja a las sociedades contemporáneas. Es decir que, a pesar del largo alcance logrado, no todos han sabido comprender de igual modo la importancia del mensaje que de esta lucha se deriva, al interior de las problemáticas de Género.

Aun al día de hoy, algunas personas se indignan al escuchar mujeres diciendo que no quieren ser madres, cuando en realidad se trata de decisiones personales, que cada uno toma sobre sí y debieran cuanto menos ser espetadas en el plano de lo personal. Más aun, cuando en realidad nadie lo hace plantando bandera contra quienes sí quieran ser madres. Una lástima de anti debate que no hace, sino, más que confundir el verdadero eje de la cuestión. Hablamos por caso, de una larga batalla en la que a muchos/as cuesta interpretar, también, que no se quiere llegar a una guerra de hombres contra mujeres, sino más bien, de marcar un camino hacia la igualdad entre las personas, sobre la base de una perspectiva que pone en evidencia los abusos, a partir de los cuales se naturalizan desigualdades, injusticias, que a lo largo de la historia han perpetuado roles de sometimiento para el género femenino, respecto del masculino.

Tal como la hace Marx, a través del materialismo histórico, sabemos que el avance de las relaciones sociales puede ser medido en términos dialécticos. La dialéctica del amo y el esclavo, la de los vasallos respecto del Señor Feudal y su más importante obra; la de la burguesía y el proletariado, siendo este último el actor social encargado de poner fin a la explotación capitalista. Dialéctica que, más allá del momento histórico, hace referencia a un proceso delimitado por tres etapas superadoras entre sí. Si lo quisiéramos traducir a las personas propiamente, podríamos definirlo de la siguiente manera: primera etapa, la de la niñez, reconocimiento del mundo; segunda etapa, la adolescencia, esa contradicción en la que no estamos del todo claros si dejamos de ser niños o si somos ya adultos y por lógica la tercer etapa, la de la adultez, madurez, superación de las contradicciones. En resumen, se trata de superarnos, al reconocernos en el otro. El proletariado, por ejemplo, se supera, al reconocerse a través del burgués explotador. Podemos decir entonces que, dicho fenómeno consiste en desobjetivarse uno, en tanto víctima de los abusos que proponen las relaciones de fuerza en determinado momento histórico.

Existe quien teoriza acerca de qué, la más importante revolución será la que nos de la madre tierra, la naturaleza, cuando nos sacuda contra todas nuestras ambiciones, cuando se sacuda, en fin, contra la contaminación incesante a la que ha sido sometida. Es posible que así sea, la verdad, no lo sabemos aún. Lo que sí sabemos, aquello que al interior de la sociedad podemos definir. Y es en este sentido que, la historia, ha dado claros síntomas que permiten creer que: más allá de todas las revoluciones, habidas y por haber, más allá de toda superación dialéctica, habiendo sido el género femenino, ininterrumpidamente, definido en torno a roles de sumisión, podemos encontrar en la revolución de la mujer, de las mujeres, la madre de todas las revoluciones. Ya que, por lo visto en la mujer, en el rol de las mujeres, está la verdadera esencia revolucionaria.

 

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